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Santuario San Sebastián de Copihuelpe: casi un siglo de fe y tradición en el sector rural de Loncoche

El Santuario San Sebastián de Copihuelpe constituye uno de los espacios de mayor valor espiritual y patrimonial de la comuna de Loncoche. Su historia, ligada estrechamente al desarrollo de la comunidad rural y a la labor evangelizadora en La Araucanía, se remonta a las primeras décadas del siglo XX, convirtiéndose hasta hoy en un símbolo de fe y encuentro para cientos de familias.

Si bien existen antecedentes que sitúan su origen en 1935, año en que Toribio Peña Astete donó una hectárea de terreno a la Misión Capuchina del Vicariato Apostólico de La Araucanía, otras investigaciones, como las recopiladas por Guillermo Dawson Pacheco y Maritza Vera Peña en el libro La Escuela Rural de Copihuelpe, plantean que la comunidad pudo haberse formado alrededor de 1920, junto a la Escuela Santa Teresa, establecimiento que mantuvo una estrecha relación con la capilla y el santuario.

Ubicado en un entorno rural caracterizado por la agricultura, la ganadería y los bosques nativos, Copihuelpe alberga este espacio religioso rodeado de grandes árboles y extensos prados. La primera capilla era de mayores dimensiones que la actual y poseía dos torres, además de diversas dependencias anexas que daban vida a la actividad comunitaria.

Un capítulo importante de su historia comenzó en 1950 con la llegada de las hermanas Franciscanas, quienes desempeñaron labores educativas y de salud como profesoras, paramédicos y matronas. Entre las más recordadas por la comunidad figuran sor María, sor Blanda, sor Valencia y sor Ana, quienes, además de su trabajo social, mantenían viva la espiritualidad del sector realizando la tradicional «misa de lejos» cuando el sacerdote no podía estar presente.

Asimismo, la comunidad recuerda con especial cariño al Padre Arcángel, quien viajaba desde Villarrica a caballo para atender a los fieles. Desde Loncoche, otros sacerdotes llegaban en motocicleta para celebrar las ceremonias religiosas. Entre ellos destacan los padres Alejo, Eulogio y Anselmo, quienes congregaban a vecinos provenientes de Huaqui, Liumalla y Vegas de Lessio, entre otros sectores rurales. Durante la década de 1970, el rol de sacristán fue desempeñado por Gregorio Ebner.

El terremoto de 1960 marcó un antes y un después para la capilla, provocando graves daños estructurales que obligaron a su reconstrucción. Tras las obras, el templo redujo su tamaño y conservó solo una de sus torres como campanario. En este proceso fue fundamental el trabajo de Omar Velásquez, junto al acompañamiento del padre Guido Matamala y de la profesora Inés Cheissel, quien ejercía en la escuela del sector.

Actualmente, la labor de animador de la comunidad es encabezada por Sigisfredo Peña, quien asumió esta responsabilidad tras el trabajo realizado por Genaro Riffo y Mercedes Peña. La historia recuerda también a Floridemia Peña, reconocida como la primera animadora de la capilla, dejando un legado que continúa vivo en cada celebración y encuentro de fe.

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